2.23.2004

FUGA INQUEBRANTABLE

Hay incidentes que imprimen una marca singular y permanente en el fondo de la existencia. Sucesos extraordinarios a partir de los cuales el modo personal de ser sufre serias alteraciones, transformaciones irrevocables. Algunos de ellos son turbulentos y presentan, además, escenas de muerte. Otros resultan pacíficos aunque insólitos, ocasionando desconcierto hasta el extremo.

Revueltas sanguinolentas. Una revuelta cargada de sangre, de bajas, o vidas perdidas, de orgullo y ambición, marca la presencia más claramente que una cicatriz, aunque a la vista no haya señal específica de ello. Más aún un conjunto de acontecimientos sobresalientes por su grado de violencia.

El personaje protagónico de “El agua envenenada”, en su etapa infantil, afronta ciertas atmósferas que le dan cauce a su existir. Básicamente: enfrenta con furia a cinco bandidos armados, recibiendo un hemorrágico golpe en el rostro; sobrevive a una revuelta revolucionaria, refugiándose en una oficina, y escuchando a la vez a su padre rezar en voz baja (circunstancia ante la cual decide entregar su vida a Dios); observa soldados muertos, colgados de postes de telégrafo. El protagonista de esta novela escrita por F. Benítez, no sólo se ordena de sacerdote, también contribuye a que una comunidad conspire contra un cacique.

En el contexto de la novela, más que de un cambio, es posible a hablar de un destino. Varias veces el cura se ve expuesto al peligro, experimentando casi siempre sentimientos opuestos: temor y consuelo, ira e iluminación. Sin embargo, sabe de un momento en que su vida gira esencialmente, un momento inicial, el del rezo paterno.

Hay hechos que llevan a la gente a tomar grandes decisiones o a experimentar cambios psíquicos definitivos. Hablando del personaje de “El agua envenenada”, concibe su vocación impulsado por la violencia política, tanto como por la devoción de su progenitor, y, aunado a esto, desempeña el rol de un párroco temerario.

Hablando de la sociedad en general y debido a algún severo móvil, existen casos donde la emotividad procede a un grado tal, que el carácter se altera irreversiblemente. En lo principal, el carácter. La transformación fisiológica mayúscula, forma parte más bien de los terrenos donde la ficción fluctúa. Cambia realmente la personalidad, el habla (no como facultad sino como estilo), la mirada. Cambian los hábitos, la actitud frente al mundo.

Que un giro sea drástico no quiere decir definitivamente que sea inmediato. A veces, la alteración obedece a una serie de fases, a un desarrollo progresivo. Ante todo, lo que sí se da es un alto nivel transformativo.

De cualquier manera, un día uno puede ser alguien y al día siguiente y para siempre otra persona, otro individuo. Movido por algún mórbido percance, por el tipo de acontecimiento que nadie quiere recordar, por aquella escena incomprensible a todas luces. En todos lados hay imágenes extraviadas al interior de una laguna mental. El desgaste no da pie al descubrimiento, a la tan deseada revelación. Al desvelo necesario para ir al ámbito de los orígenes, de la causa. Y la monstruosidad aquí está, aquí sigue. Sin comprender su papel. Desconoce sus raíces. No entiende por qué ha llegado hasta este punto.

2.15.2004

LOS ÓRDENES DEL SACUDIMIENTO

Las empresas más victoriosas, los más relevantes eventos, conllevan mayoritariamente un origen atroz. Las migraciones de una nación a otra (que pueden implicar el riesgo de morir en manos de la Ley), los asentamientos poblacionales (algunos de los cuales han procedido a base de violentos enfrentamientos), el desenvolvimiento de un oficio (surcar la tierra, por ejemplo: antes el arado estaba supeditado a la explotación de la fuerza orgánica y ahora funciona sencillamente con propulsión mecánica). Hay procesos cuyo inicio resulta tan hostil, que en ningún sentido sugieren prosperidad y llevan a pensar, ante todo, que desembocarán en una aparatosa frustración. La desmesura, imprecisión o desborde circunstancial que ofrecen al iniciarse, suprime todo interés por ellos.

¿Qué fue necesario para que la especie humana comenzara a multiplicarse? Una serie de palizas, se dice. Y ¿ahora?, ¿de qué depende la reproducción del Hombre? En parte y desafortunadamente, todavía de la violación sexual. Aunque deriva también de los afrodisiacos, tanto como de la plena compaginación sentimenal y el empalme sexual voluntario. Bien conocida, y caricaturesca, es la anécdota referente a los garrotazos que supuestamente debía propinarle un ejemplar humano masculino a uno femenino para copular con éste, en los tiempos prehistóricos; igualmente, sin llegar a ser amena, la anécdota causa inquietud y hace considerar los innegables grados de agresividad a los que es capaz de llegar una persona.

Las tortugas marinas deben hacer algo de orden vital al nacer: enfrentar devastadoras olas y sobrepasarlas, dado que nacen fuera del mar, a escasos metros, y, por si fuera poco, contando con un tamaño corporal diminuto. Por cierto, ¿cuánto dura la vida de una caguama? Muchos años, demasiados, tantos como los que un ser humano suele vivir o, de hecho, más. Los orígenes supremos son atroces, al grado de la debilitación y el desconsuelo. Y son superiores, supremos, en virtud del poder de arraigo que involucran, de la fructificación que en el fondo prometen. Un paseo, una relación laboral, un matrimonio: pueden tener pésimo comienzo (fatal), pura hostilidad como periodo primario, y sin embargo brindar posteriormente las máximas satisfacciones (satisfacciones insospechadas); pueden además extenderse por largo tiempo y generar una serie de frutos variados y sensaciones para las que no existiría otra clasificación que la de “inmejorables”.

Es posible que un viaje inicie atrozmente mas no por ello tenga una conclusión deplorable. Hay viajes que, en un primer momento, dan la idea de que el recorrido se reducirá a unos cuantos pasos o kilómetros, fallidos; y cuando concluyen, definitivamente dejan con deseos de seguir viajando (dejan con la mente dando vueltas, girando, recorriendo su propia constitución). La misma atrocidad por lo regular constituye algo tan denso, tan impresionante, que marca, envuelve y compromete a quienes la asimilan a plenitud; y el proceso continúa. Podrá ser opresiva la primera fase, por desmedida; pero favorable debido a los beneficios que a partir de la misma se den.

Por otro lado y curiosamente, es factible hablar de travesías que comienzan en el contexto de una idílica normalidad y terminan hechas un desastre; travesías como la del D. F. a Acapulco que narra Roberto Bolaño en “Últimos atardeceres en la Tierra”, en el marco de la cual “B y el padre de B” pasan de un estado normal de convivencia a a una situación frenética y discorde; de manera paulatina, volviéndose cada vez más sugestivo el viaje, inexplicablemente. Esta travesía puede compararse con el clásico recorrido que hace el fuego por las mechas de los explosivos, y ser considerada como una travesía nobelizada, o, mejor dicho, dinamitada.

Ya sea en momentos inaugurales, durante algún lapso central, o en el postrero, múltiples situaciones ordinarias resultan brutales. Ningún ser escapa a la vida de perro que ofrece el planeta. Ningún hombre, ningún animal. Siempre hay ocasión para conocer la brutalidad con que, en gran medida, el orbe circula. Hasta los leones están expuestos al trato desenfrenado de la naturaleza, al enfrentarse entre sí mismos o al hacer frente a una manada de hienas hambrientas. Muchos de ellos, inclusive, llegan a padecer sufrimientos devastadores ocasionados por infecciones mortales o por inclementes domadores. Estar aquí, ocupar un lugar en la Tierra, ocupar cualquier plaza galáctica, exige someterse de vez en cuando a los órdenes del sacudimiento.

COMENTARIO ADICIONAL: El aterrizaje de un avión, como proceso, puede ser abrupto, aunque brindando resultados (más que favorables) espectaculares, plausibles, heroicos. Dicho esto sin una intención de reducir el significado de viaje a la función de los recorridos aéreos. Lo atroz no es gratuito.

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