1.08.2004
TIJUANA DESVESTIDA
El Gobierno local transmite un anuncio vía Canal 12, donde el alcalde cataloga el exceso de basura existente en la ciudad como un problema de máximas proporciones, una preocupante situación, que absorbe todos sus esfuerzos operativos tanto como los de su equipo de colaboradores.
Uno de los máximos problemas de Tijuana es ocasionado por la acumulación a la intemperie de desechos varios. Inquieta sobremanera a Jesús González Reyes. Es más grave, al parecer, que la inseguridad pública, el desempleo, la ineficacia educativa… En tales circunstancias, los ciudadanos deberán seguramente concentrarse en el mantenimiento de la urbe antes que en el de la sociedad; en el de las calles primero que en el de las relaciones comunitarias.
Preservar el concreto por encima del cerebro, la masa urbanística por encima de la sustancia cerebral, parece ser urgente (¿o una consigna?).
T. J. (pronúnciese en español, por favor) hace recordar esa entidad descrita por Burroughs en “El almuerzo desnudo” (1959), llamada “la Isla”, donde “un Senado y un Congreso […] celebran sesiones interminables para discutir la eliminación de la basura y la inspección de los retretes, los únicos asuntos sobre los que tienen jurisdicción”; y dentro de la cual, fungir como Presidente significa padecer la mayor desgracia imaginable. Entre otras cosas, en “la Isla” el Presidente “está obligado por costumbre a arrastrarse entre la basura” para entregar un “Permiso de residencia y renovación de Alquiler” a un “Gobernador Residente, que lo espera de pie”.
Resulta indispensable, claro está, aplicar medidas de limpieza en las ciudades. Es de primera necesidad. Sin embargo hoy día debiera ser algo que no estuviese fuera de control, algo que no quitara tiempo para atender cuestiones más allá de la basura, cuestiones humanas vitales.
El municipio de Tijuana, considerado (por “Newsweek”) una de las mecas culturales y artísticas del mundo, es en realidad como un personaje característico de William S. Burroughs, como un “Chaquetero”, por ejemplo: aparatoso y exótico (quizás estético), claramente; pero, en el fondo, putrefacto.
El Gobierno local transmite un anuncio vía Canal 12, donde el alcalde cataloga el exceso de basura existente en la ciudad como un problema de máximas proporciones, una preocupante situación, que absorbe todos sus esfuerzos operativos tanto como los de su equipo de colaboradores.
Uno de los máximos problemas de Tijuana es ocasionado por la acumulación a la intemperie de desechos varios. Inquieta sobremanera a Jesús González Reyes. Es más grave, al parecer, que la inseguridad pública, el desempleo, la ineficacia educativa… En tales circunstancias, los ciudadanos deberán seguramente concentrarse en el mantenimiento de la urbe antes que en el de la sociedad; en el de las calles primero que en el de las relaciones comunitarias.
Preservar el concreto por encima del cerebro, la masa urbanística por encima de la sustancia cerebral, parece ser urgente (¿o una consigna?).
T. J. (pronúnciese en español, por favor) hace recordar esa entidad descrita por Burroughs en “El almuerzo desnudo” (1959), llamada “la Isla”, donde “un Senado y un Congreso […] celebran sesiones interminables para discutir la eliminación de la basura y la inspección de los retretes, los únicos asuntos sobre los que tienen jurisdicción”; y dentro de la cual, fungir como Presidente significa padecer la mayor desgracia imaginable. Entre otras cosas, en “la Isla” el Presidente “está obligado por costumbre a arrastrarse entre la basura” para entregar un “Permiso de residencia y renovación de Alquiler” a un “Gobernador Residente, que lo espera de pie”.
Resulta indispensable, claro está, aplicar medidas de limpieza en las ciudades. Es de primera necesidad. Sin embargo hoy día debiera ser algo que no estuviese fuera de control, algo que no quitara tiempo para atender cuestiones más allá de la basura, cuestiones humanas vitales.
El municipio de Tijuana, considerado (por “Newsweek”) una de las mecas culturales y artísticas del mundo, es en realidad como un personaje característico de William S. Burroughs, como un “Chaquetero”, por ejemplo: aparatoso y exótico (quizás estético), claramente; pero, en el fondo, putrefacto.
1.01.2004
FENÓMENO CAVILAR
Nulo remedio y mucho que hacer, muchísimas cosas que hacer; es de vital importancia atenderlas, no descuidarlas. ¿Tiempo? Queda muy poco. Minutos. Pensar ahora en aquello que se va irrecuperablemente, carece de sentido; a esta naciente distancia temporal de lo sucedido. Urge despejar todo de evidencias, los últimos rincones inclusive, las paredes, los umbrales; el rostro, las uñas, los pliegues dérmicos manuales. Cambio de dirección. Desplazamiento medio circular. Es lo que vendría bien hacer, generar: una transformación en términos cerebrales, cierta descompresión. Por cierto, será preciso escarbar, saquear, agitar la masa memorística, taladrarla (en caso extremo), a fin de dar con el paradero de un recuerdo que dibuja la causa del desagradable comportamiento personal cuyo desarrollo genera deseos de ser alguien diferente a quien se es en realidad, cualquier otra persona. O un animal: una perra, un ratón. Por qué no. O una planta sembrada en algún macetón. Todo menos uno mismo. Nada puede ser peor que esto. Bueno fuera saber qué pasa con el propio carácter, con el sistema de los impulsos, y por qué uno, en lo personal, suele suprimir la armonía de los ambientes a causa de su actitud y / o su conducta y arruinar, no del todo afortunadamente, cualquier convite y todas las reuniones recreativas de origen espontáneo. Perder la confianza de los seres cercanos, de antemano bota del mundo; perder la de amigos, parientes, familiares, la de un hermano o la del mejor amigo; dejar de contar con aquella que corresponde a la mayoría de las personas conocidas. Por el recargamiento de la presencia en el fondo de una obstinación aparatosa. Por desdeñar la compostura recurriendo a la inmersión del razonamiento en un vetusto cesto de basura, para de inmediato articular barbaridades. Miseria protagónica. En fin… Los errores: cada vez son más. Valdría la pena llevar a cabo un lavado axiológico (que puede derivar en una depresión irregular, dependiendo del estado en que se encuentren las secciones evacuantes). Pero para qué prestar atención a estructuras instructivas estilo voz de los tratados seudo informativos. Los cambios en el ambiente serán invisibles, de orden anímico-hidráulico. Si es que se dan. Su generación dependería de una impostergable reconstitución de la memoria y un nuevo diseño del esquema volitivo, tanto como de una serie retrospectiva de ajustes indispensables. Cierta disposición espectral debe salir. Una costumbre que hiere: el espectro característico, la terquedad, ese desenvolvimiento que lleva toda una vida azotando la existencia; a todas horas, donde sea. No hay perspectiva desde la cual pueda asimilarse el motivo de tanta devastación. La acumulación de los daños impide ver las causas del debilitamiento. Ojalá haya tiempo. Momentos propicios para la eliminación de esa nubosidad que corroe y enmohece las paredes del sentido. Lo mejor fuese que el tiempo disponible no estuviera a punto de cesar.
Nulo remedio y mucho que hacer, muchísimas cosas que hacer; es de vital importancia atenderlas, no descuidarlas. ¿Tiempo? Queda muy poco. Minutos. Pensar ahora en aquello que se va irrecuperablemente, carece de sentido; a esta naciente distancia temporal de lo sucedido. Urge despejar todo de evidencias, los últimos rincones inclusive, las paredes, los umbrales; el rostro, las uñas, los pliegues dérmicos manuales. Cambio de dirección. Desplazamiento medio circular. Es lo que vendría bien hacer, generar: una transformación en términos cerebrales, cierta descompresión. Por cierto, será preciso escarbar, saquear, agitar la masa memorística, taladrarla (en caso extremo), a fin de dar con el paradero de un recuerdo que dibuja la causa del desagradable comportamiento personal cuyo desarrollo genera deseos de ser alguien diferente a quien se es en realidad, cualquier otra persona. O un animal: una perra, un ratón. Por qué no. O una planta sembrada en algún macetón. Todo menos uno mismo. Nada puede ser peor que esto. Bueno fuera saber qué pasa con el propio carácter, con el sistema de los impulsos, y por qué uno, en lo personal, suele suprimir la armonía de los ambientes a causa de su actitud y / o su conducta y arruinar, no del todo afortunadamente, cualquier convite y todas las reuniones recreativas de origen espontáneo. Perder la confianza de los seres cercanos, de antemano bota del mundo; perder la de amigos, parientes, familiares, la de un hermano o la del mejor amigo; dejar de contar con aquella que corresponde a la mayoría de las personas conocidas. Por el recargamiento de la presencia en el fondo de una obstinación aparatosa. Por desdeñar la compostura recurriendo a la inmersión del razonamiento en un vetusto cesto de basura, para de inmediato articular barbaridades. Miseria protagónica. En fin… Los errores: cada vez son más. Valdría la pena llevar a cabo un lavado axiológico (que puede derivar en una depresión irregular, dependiendo del estado en que se encuentren las secciones evacuantes). Pero para qué prestar atención a estructuras instructivas estilo voz de los tratados seudo informativos. Los cambios en el ambiente serán invisibles, de orden anímico-hidráulico. Si es que se dan. Su generación dependería de una impostergable reconstitución de la memoria y un nuevo diseño del esquema volitivo, tanto como de una serie retrospectiva de ajustes indispensables. Cierta disposición espectral debe salir. Una costumbre que hiere: el espectro característico, la terquedad, ese desenvolvimiento que lleva toda una vida azotando la existencia; a todas horas, donde sea. No hay perspectiva desde la cual pueda asimilarse el motivo de tanta devastación. La acumulación de los daños impide ver las causas del debilitamiento. Ojalá haya tiempo. Momentos propicios para la eliminación de esa nubosidad que corroe y enmohece las paredes del sentido. Lo mejor fuese que el tiempo disponible no estuviera a punto de cesar.