11.21.2003
ACTITUD ABIERTA EN HORAS LIBRES. ESTADO PRIMARIO TAMBIÉN, COMO IDEA. APLICACIONES INTEGRALES.
El horizonte: Una ficción primigenia, quizá la primera que conoció el ser viviente.
La duda: Recorrido supeditado a una curva total. El número repetido. La cadena recurrente.
Material: Un guión entre paréntesis.
Metáfora: Cierta línea inmersa en la imaginación de un gusano. Cierta línea recta.
Extensión: Correspondiente al elemento lineal menos consistente del planeta.
Segunda metáfora: La línea más pequeña del orbe, adentro del bolsillo predilecto.
La tela: De cortezas milenarias, ante todo.
Ante qué: Ante raspones, quemaduras, polvo y otras trivialidades.
Situación: Los márgenes de la ciudad. Donde resulta posible convivir.
La hora: No importa.
El tiempo: Templado.
Los templos: Sin dimensiones precisas. Aunque momentáneos.
La línea: Aún en el bolsillo.
Premisa: Prestada. Inasequible.
Circunstancias: El horizonte desenfrenado. Desencarrilado. Mañana habrá que volver a ver el color de las cosas. De hecho, tal vez ahora. Probablemente a continuación. Qué desidia, tan característica.
A medias: El miedo.
La duda, de nuevo: ¿Será igual que ayer? ¿Lo mismo que ayer? Puede ser que jamás.
Otra vez el horizonte: Otrora periférico esplendor, deidad expuesta a la totalidad circunstancial.
Lo demás: Vacío sin final. Ciudad siempre en cierne, vivaz, disponible y dispuesta. Sobre las lomas y en el centro. Localismos. Carretera junto al horizonte contaminado de inversiones gaseosas, sustanciosas y excitantes (o, consideradas por otro lado, tóxicas, gástricas y globales). Huele a represión (gaseosa). La ciudad amoratada.
El motivo: Un error.
La templanza: Hace un momento alguien planteaba definiciones horizontales.
El horizonte: Una ficción primigenia, quizá la primera que conoció el ser viviente.
La duda: Recorrido supeditado a una curva total. El número repetido. La cadena recurrente.
Material: Un guión entre paréntesis.
Metáfora: Cierta línea inmersa en la imaginación de un gusano. Cierta línea recta.
Extensión: Correspondiente al elemento lineal menos consistente del planeta.
Segunda metáfora: La línea más pequeña del orbe, adentro del bolsillo predilecto.
La tela: De cortezas milenarias, ante todo.
Ante qué: Ante raspones, quemaduras, polvo y otras trivialidades.
Situación: Los márgenes de la ciudad. Donde resulta posible convivir.
La hora: No importa.
El tiempo: Templado.
Los templos: Sin dimensiones precisas. Aunque momentáneos.
La línea: Aún en el bolsillo.
Premisa: Prestada. Inasequible.
Circunstancias: El horizonte desenfrenado. Desencarrilado. Mañana habrá que volver a ver el color de las cosas. De hecho, tal vez ahora. Probablemente a continuación. Qué desidia, tan característica.
A medias: El miedo.
La duda, de nuevo: ¿Será igual que ayer? ¿Lo mismo que ayer? Puede ser que jamás.
Otra vez el horizonte: Otrora periférico esplendor, deidad expuesta a la totalidad circunstancial.
Lo demás: Vacío sin final. Ciudad siempre en cierne, vivaz, disponible y dispuesta. Sobre las lomas y en el centro. Localismos. Carretera junto al horizonte contaminado de inversiones gaseosas, sustanciosas y excitantes (o, consideradas por otro lado, tóxicas, gástricas y globales). Huele a represión (gaseosa). La ciudad amoratada.
El motivo: Un error.
La templanza: Hace un momento alguien planteaba definiciones horizontales.
11.18.2003
CARGA PERSONAL (O BULTO ANTROPOLÓGICO)
Hay días que terminan hechos una ruina. Días que al finalizar son un cúmulo de escombros. Veinticuatro horas perdidas en la oscuridad de la conciencia, en el fondo de la sugestión.
A veces, todo, cualquier momento, se va por los canales de la despreocupación, directamente al ámbito del subconsciente; incluso. Al gran abismo personal, privado. A la inaudita dimensión de la inconciencia.
Cuando la circulación del entorno pierde significación, durante lapsos impregnados de perplejidad, en los periodos de renacimiento individual, el día crispa, quema, a la sombra o bajo el sol.
Lo que queda de hoy puede descomponerse y caer sobre las manos propias. Y lucir como el mundo sobre los hombros de Atlas.
Pocos aspectos del ambiente atraen. Escasos detalles. Un color, la disposición de una hoja, un muro derruido, el vuelo de una mosca.
Esos medios rostros, esas expresiones vistas de soslayo, son neutralidad etérea. Cuánta insipidez sostienen.
Ciertos días resultan sugestivos, incongruentes. Persuasivos como los que persuadieron a Oliverio Girondo, autor de “Persuasión de los días”. Ciclos de desprendimiento anímico. Tiempos de inadaptación, de cierta incompatibilidad humana.
La civilización pesa bastante sobre la antiquísima naturaleza. Ejerce suma opresión. Inclusive sobre la antigüedad orgánica del homo sapiens. Hay días que colapsan el ánimo de ser persona.
Hay días que terminan hechos una ruina. Días que al finalizar son un cúmulo de escombros. Veinticuatro horas perdidas en la oscuridad de la conciencia, en el fondo de la sugestión.
A veces, todo, cualquier momento, se va por los canales de la despreocupación, directamente al ámbito del subconsciente; incluso. Al gran abismo personal, privado. A la inaudita dimensión de la inconciencia.
Cuando la circulación del entorno pierde significación, durante lapsos impregnados de perplejidad, en los periodos de renacimiento individual, el día crispa, quema, a la sombra o bajo el sol.
Lo que queda de hoy puede descomponerse y caer sobre las manos propias. Y lucir como el mundo sobre los hombros de Atlas.
Pocos aspectos del ambiente atraen. Escasos detalles. Un color, la disposición de una hoja, un muro derruido, el vuelo de una mosca.
Esos medios rostros, esas expresiones vistas de soslayo, son neutralidad etérea. Cuánta insipidez sostienen.
Ciertos días resultan sugestivos, incongruentes. Persuasivos como los que persuadieron a Oliverio Girondo, autor de “Persuasión de los días”. Ciclos de desprendimiento anímico. Tiempos de inadaptación, de cierta incompatibilidad humana.
La civilización pesa bastante sobre la antiquísima naturaleza. Ejerce suma opresión. Inclusive sobre la antigüedad orgánica del homo sapiens. Hay días que colapsan el ánimo de ser persona.
11.08.2003
EFECTO COYOTE
El coyote no es una simple criatura salvaje ni un mamífero carnicero de baja categoría. Resulta ser algo mucho más considerable que ello: una especie que sobrepasa la condición de animal silvestre. El coyote es un señor.
Lejos de la mecanización mimética, de cualquier tipo de imitación (espontánea o programada); más allá del número circense, de las caricaturizaciones orgánicas procedentes al interior de un cobertizo, el coyote llega a comportarse como un ser con propiedades señoriales.
Este cuadrúpedo cuyo nombre proviene del término azteca “coyotl”, durante siglos se ha visto ensombrecido en cierto grado por la presencia de su pariente mayor, el agraciado e imponente lobo. Los coyotes son menos conocidos que el resto de la familia de los cánidos. El lobo, la zorra y el perro gozan de renombre internacional. En cambio, el coyote viene siendo algo así como el familiar distante y desconocido.
A los alrededores de algunas ciudades acuden animales de cuya cercana presencia el ser humano no suele darse por enterado. Se trata de criaturas que inclusive en su mayoría resultan susceptibles a la domesticación. Ahí están, en plan integral, cerca de las casas, merodeando, de paseo nocturno.
No es difícil verlas. A veces son tantas, que unas cuantas llegan a mostrarse claramente; bajo la iluminación lunar o la de algún farol. Sin embargo, poca gente logra percibirlas. En estos tiempos casi nadie atiende a plenitud lo que sucede fuera del enfermizo ambiente que generan las personas.
Durante la instauración de las primeras comunidades organizadas con base en un sistema de leyes, en el marco de la antigua Grecia, el hombre desarrolló una novedosa y trascendental manera de percibir el mundo circundante; el hombre en calidad masculina tanto como femenina, obviamente.
Supo distinguir propiedades en las cosas. Ahora gran parte de la humanidad apenas distingue el aspecto formal de éstas, lejos está de valorar sus particularidades. El griego de la antigüedad entendió que una cosa no entraña sólo un valor sino varios a la vez: el de la cosa en sí, como entidad, y los que, por ejemplo, determinada imagen, determinado color, cierta textura y cierto tamaño son por separado; valores estos que pueden considerarse propiedad o características de un ser o una cosa.
Hay algo que distingue al coyote más allá de la gracia con que se desplaza al trote. Algo que rebasa los patrones de lo natural y cuya asimilación requiere del acercamiento físico así como de bastante resistencia anímica.
El cubismo no surgió al iniciar el siglo XX, con la obra de Picasso, Gris y Braque. Nació en Grecia hace más de veinte siglos.
Dando un paso como el que hablando de la humanidad describe Platón en el Mito de la Caverna, los helenos aprendieron a penetrar cognitivamente la presencia del objeto, en lugar de permitir que éste penetrara psicológicamente la propia presencia de ellos. Muy por encima de una entidad uniforme, hallaban en todo ser que percibían (orgánico o inorgánico), una existencia multiforme, un aglomerado facial, debido a que lograron aplicar con empeño o meticulosidad la mente al proceso de percepción.
La interpretación de cada cosa en particular y en general del contorno no debe apoyarse, nada más, en tendencias utilitarias. Dicha interpretación, dijeron los griegos, habrá de estar fundamentada en el terreno de la sabiduría.
Por su parte, los pobladores de la América precolombina apreciaron tan plenamente el plano de lo natural, que vivieron regidos hasta cierto punto por la valorización hecha sobre el mismo, referente a ciertas energías cósmicas manifiestas, decían, en la flora, la fauna y los elementos naturales. Esta clase de visualización suele denominarse teofanía.
Más que meros organismos, los coyotes constituyen cristalizaciones de una esencia cósmica, que quizá se asoma por el amarillo de los ojos de estos vertebrados.
Si los huicholes advierten en el venado un símbolo de vida, están valorando, además de la función orgánica (la del cuerpo viviente), una propiedad universal (la vida); y a partir de tales valoraciones llevan a cabo actividades colectivas fundamentales para conservar su espíritu como pueblo.
Lo mismo que los mazahuas. Lo mismo que ellos ofrece el huichol con su clasificación de la naturaleza: un aporte mitológico, narrativo, tradicional; una religiosidad pagana (profusa y armónica como la naturaleza misma).
Los habitantes de la sierra Mazahua ven en el venado un nahual comunitario (conviene aclarar que nahual significa álter ego zoológico). Adoptaron la denominación en náhuatl de dicho animal (“mázatl”) para autonombrarse. También, encuentran en las aves la representación viva de la libertad. Son capaces de interpretar el cosmos rebasando la mera cuestión utilitaria.
Hoy día, lo poco que queda de la cultura autóctona americana permite salir todavía del soso programa vital que imponen las principales naciones capitalistas en casi todo el planeta. Por fortuna, hay vestigios autóctonos ante los cuales es viable experimentar una armonía personal tanto como cósmica, a la distancia del desequilibrio ambiental y mental que predomina en el orbe.
El hecho de que la cosmovisión natural o vernácula del continente americano sea en gran medida mitológica no le niega fundamento como descripción de la Tierra y el firmamento. Toda descripción es aproximativa, puramente aproximativa. La realidad siempre será distinta de lo que cualquier sujeto diga que constituye. Definitivamente, nadie la conoce. Por lo menos, conocer lo que sobre ella llega a interpretarse, salva del abatimiento que ocasiona no soler activar el potencial cognitivo.
Como sugiere el candidato permanente a recibir el Premio Nobel de Medicina, el colombiano Rodolfo Llinás, o como diría Parménides: la imagen que los individuos se hacen de su entorno es dimensionalmente ajena a la que, en verdad, muestra el entorno. La realidad jamás será conocida por los seres humanos.
Que algunos moradores del estado de Oaxaca atribuyan cualidades posesivas al coyote, no termina siendo un factor insignificante. Todo lo contrario. La atribución dista rotundamente de los órdenes insustanciales. Tiene mucho que ver con la autenticidad. Y lo auténtico, en cualquiera de sus vertientes, ofrece significación.
Según el mito oaxaqueño, el coyote, con sólo menear el rabo, hace que la gente experimente inflamación encefálica e impotencia total al verlo; y que las gallinas bajen dormidas de los árboles donde reposan y así, sin despertar, lo sigan. El poder del cánido está en el rabo. En el movimiento de la cola. Ante la presencia del coyote, mujeres y hombres desfallecen, perciban o no el meneo en cuestión; los rifles no funcionan, las gallinas pierden toda posibilidad de seguir viviendo.
Para los oaxaqueños mitificadores, dicho animal hurta gallinas con éxito pleno debido a que posee una facultad posesiva. El hecho de que llega a saquear corrales, desemplumar árboles e inclusive dormir perros “guardianes” se explica con el mito del poder de la cola.
De acuerdo con las categorías precolombinas referentes a los poderes cósmicos, una fuerza subterránea opera mediante el coyote; una fuerza dominante, un poder que, en vez de procrear, toma posesión de parte de lo que generan las fuerzas de la tierra y las celestes. Desde la mediana conformación orgánica del coyote, dicha energía impone autoridad ante organismos de tamaños varios (reducidos y sobresalientes), sin mayor agitación que el sereno meneo del rabo.
El coyote no es una simple criatura salvaje ni un mamífero carnicero de baja categoría. Resulta ser algo mucho más considerable que ello: una especie que sobrepasa la condición de animal silvestre. El coyote es un señor.
Lejos de la mecanización mimética, de cualquier tipo de imitación (espontánea o programada); más allá del número circense, de las caricaturizaciones orgánicas procedentes al interior de un cobertizo, el coyote llega a comportarse como un ser con propiedades señoriales.
Este cuadrúpedo cuyo nombre proviene del término azteca “coyotl”, durante siglos se ha visto ensombrecido en cierto grado por la presencia de su pariente mayor, el agraciado e imponente lobo. Los coyotes son menos conocidos que el resto de la familia de los cánidos. El lobo, la zorra y el perro gozan de renombre internacional. En cambio, el coyote viene siendo algo así como el familiar distante y desconocido.
A los alrededores de algunas ciudades acuden animales de cuya cercana presencia el ser humano no suele darse por enterado. Se trata de criaturas que inclusive en su mayoría resultan susceptibles a la domesticación. Ahí están, en plan integral, cerca de las casas, merodeando, de paseo nocturno.
No es difícil verlas. A veces son tantas, que unas cuantas llegan a mostrarse claramente; bajo la iluminación lunar o la de algún farol. Sin embargo, poca gente logra percibirlas. En estos tiempos casi nadie atiende a plenitud lo que sucede fuera del enfermizo ambiente que generan las personas.
Durante la instauración de las primeras comunidades organizadas con base en un sistema de leyes, en el marco de la antigua Grecia, el hombre desarrolló una novedosa y trascendental manera de percibir el mundo circundante; el hombre en calidad masculina tanto como femenina, obviamente.
Supo distinguir propiedades en las cosas. Ahora gran parte de la humanidad apenas distingue el aspecto formal de éstas, lejos está de valorar sus particularidades. El griego de la antigüedad entendió que una cosa no entraña sólo un valor sino varios a la vez: el de la cosa en sí, como entidad, y los que, por ejemplo, determinada imagen, determinado color, cierta textura y cierto tamaño son por separado; valores estos que pueden considerarse propiedad o características de un ser o una cosa.
Hay algo que distingue al coyote más allá de la gracia con que se desplaza al trote. Algo que rebasa los patrones de lo natural y cuya asimilación requiere del acercamiento físico así como de bastante resistencia anímica.
El cubismo no surgió al iniciar el siglo XX, con la obra de Picasso, Gris y Braque. Nació en Grecia hace más de veinte siglos.
Dando un paso como el que hablando de la humanidad describe Platón en el Mito de la Caverna, los helenos aprendieron a penetrar cognitivamente la presencia del objeto, en lugar de permitir que éste penetrara psicológicamente la propia presencia de ellos. Muy por encima de una entidad uniforme, hallaban en todo ser que percibían (orgánico o inorgánico), una existencia multiforme, un aglomerado facial, debido a que lograron aplicar con empeño o meticulosidad la mente al proceso de percepción.
La interpretación de cada cosa en particular y en general del contorno no debe apoyarse, nada más, en tendencias utilitarias. Dicha interpretación, dijeron los griegos, habrá de estar fundamentada en el terreno de la sabiduría.
Por su parte, los pobladores de la América precolombina apreciaron tan plenamente el plano de lo natural, que vivieron regidos hasta cierto punto por la valorización hecha sobre el mismo, referente a ciertas energías cósmicas manifiestas, decían, en la flora, la fauna y los elementos naturales. Esta clase de visualización suele denominarse teofanía.
Más que meros organismos, los coyotes constituyen cristalizaciones de una esencia cósmica, que quizá se asoma por el amarillo de los ojos de estos vertebrados.
Si los huicholes advierten en el venado un símbolo de vida, están valorando, además de la función orgánica (la del cuerpo viviente), una propiedad universal (la vida); y a partir de tales valoraciones llevan a cabo actividades colectivas fundamentales para conservar su espíritu como pueblo.
Lo mismo que los mazahuas. Lo mismo que ellos ofrece el huichol con su clasificación de la naturaleza: un aporte mitológico, narrativo, tradicional; una religiosidad pagana (profusa y armónica como la naturaleza misma).
Los habitantes de la sierra Mazahua ven en el venado un nahual comunitario (conviene aclarar que nahual significa álter ego zoológico). Adoptaron la denominación en náhuatl de dicho animal (“mázatl”) para autonombrarse. También, encuentran en las aves la representación viva de la libertad. Son capaces de interpretar el cosmos rebasando la mera cuestión utilitaria.
Hoy día, lo poco que queda de la cultura autóctona americana permite salir todavía del soso programa vital que imponen las principales naciones capitalistas en casi todo el planeta. Por fortuna, hay vestigios autóctonos ante los cuales es viable experimentar una armonía personal tanto como cósmica, a la distancia del desequilibrio ambiental y mental que predomina en el orbe.
El hecho de que la cosmovisión natural o vernácula del continente americano sea en gran medida mitológica no le niega fundamento como descripción de la Tierra y el firmamento. Toda descripción es aproximativa, puramente aproximativa. La realidad siempre será distinta de lo que cualquier sujeto diga que constituye. Definitivamente, nadie la conoce. Por lo menos, conocer lo que sobre ella llega a interpretarse, salva del abatimiento que ocasiona no soler activar el potencial cognitivo.
Como sugiere el candidato permanente a recibir el Premio Nobel de Medicina, el colombiano Rodolfo Llinás, o como diría Parménides: la imagen que los individuos se hacen de su entorno es dimensionalmente ajena a la que, en verdad, muestra el entorno. La realidad jamás será conocida por los seres humanos.
Que algunos moradores del estado de Oaxaca atribuyan cualidades posesivas al coyote, no termina siendo un factor insignificante. Todo lo contrario. La atribución dista rotundamente de los órdenes insustanciales. Tiene mucho que ver con la autenticidad. Y lo auténtico, en cualquiera de sus vertientes, ofrece significación.
Según el mito oaxaqueño, el coyote, con sólo menear el rabo, hace que la gente experimente inflamación encefálica e impotencia total al verlo; y que las gallinas bajen dormidas de los árboles donde reposan y así, sin despertar, lo sigan. El poder del cánido está en el rabo. En el movimiento de la cola. Ante la presencia del coyote, mujeres y hombres desfallecen, perciban o no el meneo en cuestión; los rifles no funcionan, las gallinas pierden toda posibilidad de seguir viviendo.
Para los oaxaqueños mitificadores, dicho animal hurta gallinas con éxito pleno debido a que posee una facultad posesiva. El hecho de que llega a saquear corrales, desemplumar árboles e inclusive dormir perros “guardianes” se explica con el mito del poder de la cola.
De acuerdo con las categorías precolombinas referentes a los poderes cósmicos, una fuerza subterránea opera mediante el coyote; una fuerza dominante, un poder que, en vez de procrear, toma posesión de parte de lo que generan las fuerzas de la tierra y las celestes. Desde la mediana conformación orgánica del coyote, dicha energía impone autoridad ante organismos de tamaños varios (reducidos y sobresalientes), sin mayor agitación que el sereno meneo del rabo.
11.04.2003
CÓSMICA VISIÓN
Del cielo se puede decir demasiado. Por ejemplo, que es estético por misterioso. Belleza total por inalcanzable. Excelso. Monstruoso. Sublime, diría Emmanuel Kant, dado el misterio que encierra su altura.
La belleza está ligada a los ayeres, tanto como a las próximas horas; pero nunca al ahora. Practica sin cesar el escapismo. Es irreal, sólo una idea.
¿Para qué desear ir al cielo si estando en él sería imposible encontrar-lo bello? El cielo sola y obviamente ofrece armonía en el plano de lo natural, donde únicamente puede ser cielo: arriba, siempre arriba, del movimiento de los pueblos, las ciudades y los terrenos libres de toda construcción arquitectónica.
Al nivel horizontal de lo visual, el contexto celeste pierde sentido; alrededor y no encima de quien lo aprecie. En derredor. Ahí (o así) se va a pique.
Visto desde la superficie terrenal, funciona. Desde los campos, las planicies, las plazas públicas, los patios, las azoteas, las terrazas, los balcones. De otra manera, inclusive mostrándose a través de la ventanilla de un aeroplano en pleno vuelo, pasa a ser atmósfera simple, horizontalidad contextual.
Las tonalidades siderales queman la memoria durante segundos. Hacen perder la noción del tiempo, de la condición existencial. Por un instante, nada más, durante un escurridizo lapso; efímeramente, como transcurre el receso en la escuela o en prisión.
Por cierto, Émile Cioran dijo que cada vez que veía el azul del firmamento, dejaba de pertenecer al mundo.
La profundidad celestial absorbe innumerables lapsos vitales. Toma prestada la vida por un momento.
Hace unos días, cuando se infestó de ceniza, el cielo seguramente atrapó la atención de muchas presencias. Su semblante rojizo, ruborizado de tanto calor; eso, de seguro, golpeó numerosas conciencias, con la mirada, con la mirada enrojecida, en especial.
Del cielo se puede decir demasiado. Por ejemplo, que es estético por misterioso. Belleza total por inalcanzable. Excelso. Monstruoso. Sublime, diría Emmanuel Kant, dado el misterio que encierra su altura.
La belleza está ligada a los ayeres, tanto como a las próximas horas; pero nunca al ahora. Practica sin cesar el escapismo. Es irreal, sólo una idea.
¿Para qué desear ir al cielo si estando en él sería imposible encontrar-lo bello? El cielo sola y obviamente ofrece armonía en el plano de lo natural, donde únicamente puede ser cielo: arriba, siempre arriba, del movimiento de los pueblos, las ciudades y los terrenos libres de toda construcción arquitectónica.
Al nivel horizontal de lo visual, el contexto celeste pierde sentido; alrededor y no encima de quien lo aprecie. En derredor. Ahí (o así) se va a pique.
Visto desde la superficie terrenal, funciona. Desde los campos, las planicies, las plazas públicas, los patios, las azoteas, las terrazas, los balcones. De otra manera, inclusive mostrándose a través de la ventanilla de un aeroplano en pleno vuelo, pasa a ser atmósfera simple, horizontalidad contextual.
Las tonalidades siderales queman la memoria durante segundos. Hacen perder la noción del tiempo, de la condición existencial. Por un instante, nada más, durante un escurridizo lapso; efímeramente, como transcurre el receso en la escuela o en prisión.
Por cierto, Émile Cioran dijo que cada vez que veía el azul del firmamento, dejaba de pertenecer al mundo.
La profundidad celestial absorbe innumerables lapsos vitales. Toma prestada la vida por un momento.
Hace unos días, cuando se infestó de ceniza, el cielo seguramente atrapó la atención de muchas presencias. Su semblante rojizo, ruborizado de tanto calor; eso, de seguro, golpeó numerosas conciencias, con la mirada, con la mirada enrojecida, en especial.