10.22.2003
DOS MANERAS DE MORIR EN LAS ALTURAS
En el país más poderoso del mundo la miseria cobra desarrollo a gatas. No hay espacio superior que refleje desencanto. La desdicha encuentra lugar solamente en el suelo, está casada con el suelo, con el pie de la nación.
Al interior de ese país que zurce los sueños de casi toda la humanidad, promoviendo un estilo de vida monetariamente acumulativo en extremo; dentro de ese territorio cuyo nombre resulta simplemente informativo, un nombre que, como diría Carlos Fuentes, se reduce “a una mera indicación”… Ahí, en Estados Unidos, las alturas son hermanas del clamor, del “éxito rotundo”, del tan perseguido triunfo materializado.
En términos generales, la cima de los relieves geográficos estadounidenses está destinada a la residencia de los individuos con mayor poder adquisitivo. Los ángulos superiores, las áreas menos expandidas de los montes, los niveles más altos de las torres de cristal y de concreto, todos estos espacios son propiedad del adinerado, de quien mejor respira en el Estado donde la regla número uno es consumir hasta morir.
Lo dicen las películas, los temas musicales. La década más aparentemente gloriosa del siglo XX, la de los ochenta, estuvo cargada de productos efervescentes que proyectaban y proyectan aún cierta imagen característica del “american way of life”.
¿Qué historia aborda, por ejemplo, la película “Valley Girl”? La de una adolescente californiana que viviendo a plenitud “el sueño americano” (radicando en el Valle de San Fernando y sacándole jugo de sabores a los “shopping malls”) se enamora de un chico de la ciudad, de las inferioridades territoriales, un punk hollywoodense de quien las personas que rodean a la protagonista comentan que viene de “Holly-Weird”. Ante la comedia pop juvenil de 1983, dirigida por de Martha Coolidge y protagonizada por Deborah Foreman y Nicolas Cage, es posible decir que quienes residen sobre terrenos elevados están, en todos los sentidos, más arriba que cualquier yonqui del “downtown”.
¿De qué habla la canción “Uptown Girl”, escrita por el pianista y cantante neoyorkino Billy Joel? La pieza de corte pop, incluida en el disco “An Innocent Man” (1983), habla de una joven que vive distanciada del ritmo metropolitano, pueblo arriba, en los alrededores de la ciudad, encapsulada en una nube existencial, y quien harta de sus “juguetes de clase alta” busca el amor de un hombre de abajo, del centro de la ciudad.
La costumbre también lo dice: el lujo sólo tiene cabida en la altitud ¿Dónde está el lugar de una suite? En el último piso de un edificio. ¿Cuánto cuesta una suite? Por noche, lo que el homeless más miserable no podría desembolsar en toda su vida.
En la Unión Americana los ambientes superiores están infestados de anestesia. Espiran un olor a desinfectante, a clínica médica, a pureza mercantil. Son una frágil y pobre imitación paradisiaca. En cambio, hablando de Latinoamérica, las alturas terrenales no constituyen propiedad exclusiva de la gente pudiente.
Por ejemplo, en Tijuana, ¿qué “niño fresa” se atrevería a subir a la cima de esa loma conocida como Grupo México? A excepción de algún narcojunior (que no por ser narco dejará de ser fresa), ninguno. ¿Quién que se bañe todos los días, se ponga talquito y loción y no beba alcohol en exceso ni sea consumidor de enervantes querrá ascender a un área dominada por drogadictos animalizados, valedores, criminales con fierro a la mano, violadores y asesinos a sueldo?
No cabe duda, en comparación con el caso estadounidense, en América Latina la cosa es muy distinta. Ahí están las barriadas o comunas de las que habla Vallejo en “La Virgen de los Sicarios” (1994), ahí en Medellín; compuestas por “barrios y barrios de casuchas amontonadas unas sobre otras en las laderas de las montañas”, mostrándose cuales campos de batalla delictiva, cuales zonas reservadas para el ajuste desenfrenado de cuentas, “pesando sobre la ciudad como su desgracia”. Dichas zonas se encuentran atestadas de jovencitos que desde los doce años de edad acribillan, conviertiéndose en sicarios que duran muy poco (como tales y en calidad de personas). “Uno en las comunas”, comenta el autor, “sube hacia el cielo pero bajando hacia los infiernos.”
Sea como sea, de manera particularmente delictuosa o en general sórdida, (en su mayor parte) el infortunio latinoamericano está amarrado a las alturas. Allá, arriba, ondea cual bandera descosida procedente de alguna tienda de artículos usados.
Qué decir de la situación cubana, de la forma en que viven los cubanos que menos respaldo económico poseen. La Habana cuenta con muchos edificios los cuales están a punto de desmoronarse. Son tan viejos que apenas soportan el peso de sus numerosos ocupantes, de quienes habitan los pisos interiores y de aquellos que rentan los cuartos de las azoteas. Los inquilinos que ocupan una azotea son los más desventurados, los que no pueden pagar un apartamento interior, como algunos de los personajes que Pedro Juan Gutiérrez describe en el volumen “Sabor a mí” (1998), el cual cierra su “Trilogía sucia de La Habana”: seres que deben acometer irritantes acciones a fin de sobrevivir en una isla opresiva hasta el hartazgo.
Desde la Patagonia hasta la frontera norte de México, el mundo sangra abiertamente. La tierra latinoamericana no únicamente ofrece sierras y cordilleras donde lo natural figura en su máximo esplendor; presenta, además, múltiples y devastadores cerros de miseria humana. Contrariamente, en Estados Unidos no hay resaltes de precariedad alguna: no son permisibles.
En el país más poderoso del mundo la miseria cobra desarrollo a gatas. No hay espacio superior que refleje desencanto. La desdicha encuentra lugar solamente en el suelo, está casada con el suelo, con el pie de la nación.
Al interior de ese país que zurce los sueños de casi toda la humanidad, promoviendo un estilo de vida monetariamente acumulativo en extremo; dentro de ese territorio cuyo nombre resulta simplemente informativo, un nombre que, como diría Carlos Fuentes, se reduce “a una mera indicación”… Ahí, en Estados Unidos, las alturas son hermanas del clamor, del “éxito rotundo”, del tan perseguido triunfo materializado.
En términos generales, la cima de los relieves geográficos estadounidenses está destinada a la residencia de los individuos con mayor poder adquisitivo. Los ángulos superiores, las áreas menos expandidas de los montes, los niveles más altos de las torres de cristal y de concreto, todos estos espacios son propiedad del adinerado, de quien mejor respira en el Estado donde la regla número uno es consumir hasta morir.
Lo dicen las películas, los temas musicales. La década más aparentemente gloriosa del siglo XX, la de los ochenta, estuvo cargada de productos efervescentes que proyectaban y proyectan aún cierta imagen característica del “american way of life”.
¿Qué historia aborda, por ejemplo, la película “Valley Girl”? La de una adolescente californiana que viviendo a plenitud “el sueño americano” (radicando en el Valle de San Fernando y sacándole jugo de sabores a los “shopping malls”) se enamora de un chico de la ciudad, de las inferioridades territoriales, un punk hollywoodense de quien las personas que rodean a la protagonista comentan que viene de “Holly-Weird”. Ante la comedia pop juvenil de 1983, dirigida por de Martha Coolidge y protagonizada por Deborah Foreman y Nicolas Cage, es posible decir que quienes residen sobre terrenos elevados están, en todos los sentidos, más arriba que cualquier yonqui del “downtown”.
¿De qué habla la canción “Uptown Girl”, escrita por el pianista y cantante neoyorkino Billy Joel? La pieza de corte pop, incluida en el disco “An Innocent Man” (1983), habla de una joven que vive distanciada del ritmo metropolitano, pueblo arriba, en los alrededores de la ciudad, encapsulada en una nube existencial, y quien harta de sus “juguetes de clase alta” busca el amor de un hombre de abajo, del centro de la ciudad.
La costumbre también lo dice: el lujo sólo tiene cabida en la altitud ¿Dónde está el lugar de una suite? En el último piso de un edificio. ¿Cuánto cuesta una suite? Por noche, lo que el homeless más miserable no podría desembolsar en toda su vida.
En la Unión Americana los ambientes superiores están infestados de anestesia. Espiran un olor a desinfectante, a clínica médica, a pureza mercantil. Son una frágil y pobre imitación paradisiaca. En cambio, hablando de Latinoamérica, las alturas terrenales no constituyen propiedad exclusiva de la gente pudiente.
Por ejemplo, en Tijuana, ¿qué “niño fresa” se atrevería a subir a la cima de esa loma conocida como Grupo México? A excepción de algún narcojunior (que no por ser narco dejará de ser fresa), ninguno. ¿Quién que se bañe todos los días, se ponga talquito y loción y no beba alcohol en exceso ni sea consumidor de enervantes querrá ascender a un área dominada por drogadictos animalizados, valedores, criminales con fierro a la mano, violadores y asesinos a sueldo?
No cabe duda, en comparación con el caso estadounidense, en América Latina la cosa es muy distinta. Ahí están las barriadas o comunas de las que habla Vallejo en “La Virgen de los Sicarios” (1994), ahí en Medellín; compuestas por “barrios y barrios de casuchas amontonadas unas sobre otras en las laderas de las montañas”, mostrándose cuales campos de batalla delictiva, cuales zonas reservadas para el ajuste desenfrenado de cuentas, “pesando sobre la ciudad como su desgracia”. Dichas zonas se encuentran atestadas de jovencitos que desde los doce años de edad acribillan, conviertiéndose en sicarios que duran muy poco (como tales y en calidad de personas). “Uno en las comunas”, comenta el autor, “sube hacia el cielo pero bajando hacia los infiernos.”
Sea como sea, de manera particularmente delictuosa o en general sórdida, (en su mayor parte) el infortunio latinoamericano está amarrado a las alturas. Allá, arriba, ondea cual bandera descosida procedente de alguna tienda de artículos usados.
Qué decir de la situación cubana, de la forma en que viven los cubanos que menos respaldo económico poseen. La Habana cuenta con muchos edificios los cuales están a punto de desmoronarse. Son tan viejos que apenas soportan el peso de sus numerosos ocupantes, de quienes habitan los pisos interiores y de aquellos que rentan los cuartos de las azoteas. Los inquilinos que ocupan una azotea son los más desventurados, los que no pueden pagar un apartamento interior, como algunos de los personajes que Pedro Juan Gutiérrez describe en el volumen “Sabor a mí” (1998), el cual cierra su “Trilogía sucia de La Habana”: seres que deben acometer irritantes acciones a fin de sobrevivir en una isla opresiva hasta el hartazgo.
Desde la Patagonia hasta la frontera norte de México, el mundo sangra abiertamente. La tierra latinoamericana no únicamente ofrece sierras y cordilleras donde lo natural figura en su máximo esplendor; presenta, además, múltiples y devastadores cerros de miseria humana. Contrariamente, en Estados Unidos no hay resaltes de precariedad alguna: no son permisibles.
10.13.2003
RUTAS DEMENCIALES
El amor es demencial. Azota, bofetea, atonta. Rasga la conciencia, la desgarra. Es una suerte de poder devastador: un tipo de veneno grato, azucarado, o de dulce venenoso, que corroe los sentidos, la autoestima, el pensamiento.
Por amor resulta posible desarrollar las maneras más degradadas de ser, las formas menos propicias de vida; convertirse en una monstruosidad, en un agente no apto para la convivencia (un apestado social, un loco perdido).
¿Qué sucedió con los seres que amaron a “Dorian Gray”? ¿Hasta dónde llegaron, hasta qué nivel de perdición? Antes de conocer a “Dorian”, jamás imaginaron que podían verse inmersos en una extremosa situación caracterizada por la miseria existencial. ¿Qué hizo la novia de este dandy ideado y literaturizado por Oscar Wilde, la magnífica actriz que tanto lo amó? ¿Adónde la llevó el intenso amor que por él experimentaba? En este caso, sólo conviene decir que al abismo.
Las manos del amor moldean la constitución de un ser, terminan reconfigurándola extremadamente. Transforman la totalidad de la presencia humana, considerando el sentido anímico así como lo corporal.
“Dracula”, otro espléndido personaje literario (creado por Bram Stoker), cambió drásticamente por amar con suma intensidad. Mutó. Se transformó debido a que perdió (a causa de un malentendido) a la mujer que amaba, mientras estuvo luchando, dentro de un plan sanguinario, en nombre de una religión.
Quien ama corre peligro. Corre el riesgo de perderse para siempre. Querer a alguien o algo, sin medida, puede llevar a perder la oportunidad de seguir viviendo.
Por otro lado, experimentar un gusto limitado por las personas, o por cualquier otro tipo de ser, quizá permite llevar una vida en cierto modo armónica, pero a la vez sostener una estancia incompleta sobre la Tierra, una pobre participación terrestre, en el fondo improductiva, intrascendente.
Los gustos limitados están fuera del ámbito amoroso. Proceden de mujeres y hombres endebles anímicamente, de quienes poseen alma mezquina, raquítica, insípida, magra. Los sentimientos reducidos caminan de acuerdo con determinado horario tanto como con cierta geografía. En cambio, el amor circula a todas horas, por doquier, a máxima velocidad. Sentir amor implica recorrer cualquier camino sin temor.
El amor es demencial. Azota, bofetea, atonta. Rasga la conciencia, la desgarra. Es una suerte de poder devastador: un tipo de veneno grato, azucarado, o de dulce venenoso, que corroe los sentidos, la autoestima, el pensamiento.
Por amor resulta posible desarrollar las maneras más degradadas de ser, las formas menos propicias de vida; convertirse en una monstruosidad, en un agente no apto para la convivencia (un apestado social, un loco perdido).
¿Qué sucedió con los seres que amaron a “Dorian Gray”? ¿Hasta dónde llegaron, hasta qué nivel de perdición? Antes de conocer a “Dorian”, jamás imaginaron que podían verse inmersos en una extremosa situación caracterizada por la miseria existencial. ¿Qué hizo la novia de este dandy ideado y literaturizado por Oscar Wilde, la magnífica actriz que tanto lo amó? ¿Adónde la llevó el intenso amor que por él experimentaba? En este caso, sólo conviene decir que al abismo.
Las manos del amor moldean la constitución de un ser, terminan reconfigurándola extremadamente. Transforman la totalidad de la presencia humana, considerando el sentido anímico así como lo corporal.
“Dracula”, otro espléndido personaje literario (creado por Bram Stoker), cambió drásticamente por amar con suma intensidad. Mutó. Se transformó debido a que perdió (a causa de un malentendido) a la mujer que amaba, mientras estuvo luchando, dentro de un plan sanguinario, en nombre de una religión.
Quien ama corre peligro. Corre el riesgo de perderse para siempre. Querer a alguien o algo, sin medida, puede llevar a perder la oportunidad de seguir viviendo.
Por otro lado, experimentar un gusto limitado por las personas, o por cualquier otro tipo de ser, quizá permite llevar una vida en cierto modo armónica, pero a la vez sostener una estancia incompleta sobre la Tierra, una pobre participación terrestre, en el fondo improductiva, intrascendente.
Los gustos limitados están fuera del ámbito amoroso. Proceden de mujeres y hombres endebles anímicamente, de quienes poseen alma mezquina, raquítica, insípida, magra. Los sentimientos reducidos caminan de acuerdo con determinado horario tanto como con cierta geografía. En cambio, el amor circula a todas horas, por doquier, a máxima velocidad. Sentir amor implica recorrer cualquier camino sin temor.
10.08.2003
FRONTERIZAS
Las ciudades fronterizas, sobre todo aquellas que se contraponen en cuanto a cultura (más aún que en cuanto a geografía), constituyen una suerte de lugares travestidos, una categoría de territorios en cierto sentido encubiertos. Cada una de ellas (espontáneamente, sin recurrir a los servicios estético-públicos de Crhisto) maquilla parte de su propia identidad con elementos idiosincrásicos e idiomáticos propios de su contraparte. Un territorio fronterizo es el sueño paradisiaco de un travesti.
Las ciudades fronterizas, sobre todo aquellas que se contraponen en cuanto a cultura (más aún que en cuanto a geografía), constituyen una suerte de lugares travestidos, una categoría de territorios en cierto sentido encubiertos. Cada una de ellas (espontáneamente, sin recurrir a los servicios estético-públicos de Crhisto) maquilla parte de su propia identidad con elementos idiosincrásicos e idiomáticos propios de su contraparte. Un territorio fronterizo es el sueño paradisiaco de un travesti.
BRINDIS
Salud por la caída de los ilusorios.
Salud por la caída de los ilusorios.
FRONTERIZA
Tijuana es travestí.
Tijuana es travestí.