8.31.2003
Entre la libreta y el ordenador
La escritura a mano difiere de la escritura en computadora por motivos espaciales, más que por cuestiones técnicas. Las hojas sobre las que es viable aplicar el método manual se acaban, esto es, no siempre son suficientes; y la computadora está provista en todo momento de espacio para escribir. El conocimiento de una inminente limitación predispone, llevando muchas veces a economizar verbalmente. En cambio, saber que mientras se escribe no hay riesgo de llegar a un nivel espacial donde sea imposible plasmar término alguno, permite hacer uso pleno del lenguaje e inclusive experimentar con éste.
Sería un error afirmar que exclusivamente la libreta de espiral provoca textos económicos o básicos y el ordenador textos formalmente generosos o documentos experimentales. Sin embargo, hoy día la libreta (de espiral o empastada) funciona sobre todo en calidad de cuaderno de notas y la computadora como campo de consolidación discursiva.
A pesar de que tanto una herramienta como la otra son producto de la tecnología, el nivel tecnológico de las libretas actualmente no es suficiente para establecer una rutina profesional o pública de escritura, ya que los niveles profesionales de publicación exigen trabajar a un ritmo que solamente se logra con ayuda de la computadora (hay que considerar que ésta presta muchas facilidades en cuanto a estructuración gráfica de textos, gracias a lo cual el procedimiento creativo cuenta con posibilidades de verse libre de interrupciones provocadas por algún detalle técnico) El cuaderno de hoja rayada, la bolsilibreta, el bloque de papeles adhesivos, son hasta cierto punto lo mismo. Por lo regular sirven para efectuar apuntes que llegan a tomarse en cuenta durante la elaboración de un documento, pero que no se transcriben completamente.
El texto cobra forma definitiva en el plano computacional, comenzándolo a hacer desde que los dedos caen sobre el teclado para anotar un término inicial hasta que se imprime una composición realizada a partir de este vocablo. Quizás el método convencional de expresión escrita, aquel que implica el empleo de lápiz o pluma, pase en pocos años, a constituir algo así como un ejercicio lujoso, debido a que es necesario contar con demasiado tiempo para desarrollarlo. De hecho, tal vez llegue una época en que ya no exista tiempo para escribir con carbón o con titnta, es decir, a mano.
Es de esperar que el sistema federal de comunicación comunitaria instaurado recientemente por el Gobierno (un sistema gratuito que pone al alcance de la población más de 53 mil ordenadores, disponibles en centros comunitarios), constituya un verdadero esfuerzo de apertura comunicativa y provoque que entidades no necesariamente gubernamentales pongan en funcionamiento sistemas similares. Asimismo, resulta conveniente que, a la par de las redes computacionales, haya por doquier información referente a cómo utilizar óptimamente los procesadores de palabras.
Las computadoras comienzan a ser tan necesarias como lo son las casetas de telefonía pública. No todos los locales que ofrecen servicio de Internet funcionan las veinticuatro horas del día. Debería haber cabinas públicas provistas de tecnología computacional en red. La sociedad, a causa del recurso telefónico y de otros recursos maquinales como la calculadora y el control televisivo, está acostumbrada a oprimir teclas y manejar códigos o claves de acceso.
Aprender a usar un procesador de palabras, máxime si es necesario hacerlo, no resulta complicado. La humanidad depende demasiado de los procesos comunicativos procedentes en el contexto cibernético; ya no es factible que dependa solamente de manuscritos oficiales (como los que extienden los notarios públicos) e información impresa. Llegará un tiempo en el que para entender el mundo (así como para expresarlo) va a ser imprescindible contar con una computadora; cuando cualquier persona que sea capaz de manifestarse mediante el lenguaje escrito pueda hacer uso de un ordenador en el momento que lo requiera. Será probablemente una época en la cual, a excepción de algunos poetas enfermos de romanticismo, nadie practique la escritura a mano.
La escritura a mano difiere de la escritura en computadora por motivos espaciales, más que por cuestiones técnicas. Las hojas sobre las que es viable aplicar el método manual se acaban, esto es, no siempre son suficientes; y la computadora está provista en todo momento de espacio para escribir. El conocimiento de una inminente limitación predispone, llevando muchas veces a economizar verbalmente. En cambio, saber que mientras se escribe no hay riesgo de llegar a un nivel espacial donde sea imposible plasmar término alguno, permite hacer uso pleno del lenguaje e inclusive experimentar con éste.
Sería un error afirmar que exclusivamente la libreta de espiral provoca textos económicos o básicos y el ordenador textos formalmente generosos o documentos experimentales. Sin embargo, hoy día la libreta (de espiral o empastada) funciona sobre todo en calidad de cuaderno de notas y la computadora como campo de consolidación discursiva.
A pesar de que tanto una herramienta como la otra son producto de la tecnología, el nivel tecnológico de las libretas actualmente no es suficiente para establecer una rutina profesional o pública de escritura, ya que los niveles profesionales de publicación exigen trabajar a un ritmo que solamente se logra con ayuda de la computadora (hay que considerar que ésta presta muchas facilidades en cuanto a estructuración gráfica de textos, gracias a lo cual el procedimiento creativo cuenta con posibilidades de verse libre de interrupciones provocadas por algún detalle técnico) El cuaderno de hoja rayada, la bolsilibreta, el bloque de papeles adhesivos, son hasta cierto punto lo mismo. Por lo regular sirven para efectuar apuntes que llegan a tomarse en cuenta durante la elaboración de un documento, pero que no se transcriben completamente.
El texto cobra forma definitiva en el plano computacional, comenzándolo a hacer desde que los dedos caen sobre el teclado para anotar un término inicial hasta que se imprime una composición realizada a partir de este vocablo. Quizás el método convencional de expresión escrita, aquel que implica el empleo de lápiz o pluma, pase en pocos años, a constituir algo así como un ejercicio lujoso, debido a que es necesario contar con demasiado tiempo para desarrollarlo. De hecho, tal vez llegue una época en que ya no exista tiempo para escribir con carbón o con titnta, es decir, a mano.
Es de esperar que el sistema federal de comunicación comunitaria instaurado recientemente por el Gobierno (un sistema gratuito que pone al alcance de la población más de 53 mil ordenadores, disponibles en centros comunitarios), constituya un verdadero esfuerzo de apertura comunicativa y provoque que entidades no necesariamente gubernamentales pongan en funcionamiento sistemas similares. Asimismo, resulta conveniente que, a la par de las redes computacionales, haya por doquier información referente a cómo utilizar óptimamente los procesadores de palabras.
Las computadoras comienzan a ser tan necesarias como lo son las casetas de telefonía pública. No todos los locales que ofrecen servicio de Internet funcionan las veinticuatro horas del día. Debería haber cabinas públicas provistas de tecnología computacional en red. La sociedad, a causa del recurso telefónico y de otros recursos maquinales como la calculadora y el control televisivo, está acostumbrada a oprimir teclas y manejar códigos o claves de acceso.
Aprender a usar un procesador de palabras, máxime si es necesario hacerlo, no resulta complicado. La humanidad depende demasiado de los procesos comunicativos procedentes en el contexto cibernético; ya no es factible que dependa solamente de manuscritos oficiales (como los que extienden los notarios públicos) e información impresa. Llegará un tiempo en el que para entender el mundo (así como para expresarlo) va a ser imprescindible contar con una computadora; cuando cualquier persona que sea capaz de manifestarse mediante el lenguaje escrito pueda hacer uso de un ordenador en el momento que lo requiera. Será probablemente una época en la cual, a excepción de algunos poetas enfermos de romanticismo, nadie practique la escritura a mano.
Cambio de nivel
No hay mejor día que el de descanso, el de asueto, el día libre, un día en el que todas las voces y todos los ruidos son distantes. Ayer sucedió esto, antier lo otro y los planes se deshicieron; los objetivos, las verdaderas intenciones.
Hablar de la oficina resulta habitual, del horario (que llega a extenderse habitualmente). Los días son funcionales y fríos, inclusive en verano. No hay cosa más cierta que llegar a casa, después de trabajar casi todo el día y al intentar escribir algo o leer algún texto, caer muerto de cansancio, habiendo garabateado dos o tres vocablos u hojeado una o dos cuartillas impresas, solamente (nada más y en soledad).
Los domingos transcurren fuera de toda rutina, en plena serenidad, por lo regular. La monotonía que los caracteriza se presta para descansar el cerebro, para hablar con el espíritu, más allá de las funciones cerebrales.
El ruido de los aviones ameniza las horas, así como el sonido de la caída o del correr del agua, que viene de la casa del vecino, de una fuente tal vez o de alguna cascada artificial. Lo de menos es saberlo. Todo es monótono, no existen relieves sentimentales. No hay cambio de nivel.
No hay mejor día que el de descanso, el de asueto, el día libre, un día en el que todas las voces y todos los ruidos son distantes. Ayer sucedió esto, antier lo otro y los planes se deshicieron; los objetivos, las verdaderas intenciones.
Hablar de la oficina resulta habitual, del horario (que llega a extenderse habitualmente). Los días son funcionales y fríos, inclusive en verano. No hay cosa más cierta que llegar a casa, después de trabajar casi todo el día y al intentar escribir algo o leer algún texto, caer muerto de cansancio, habiendo garabateado dos o tres vocablos u hojeado una o dos cuartillas impresas, solamente (nada más y en soledad).
Los domingos transcurren fuera de toda rutina, en plena serenidad, por lo regular. La monotonía que los caracteriza se presta para descansar el cerebro, para hablar con el espíritu, más allá de las funciones cerebrales.
El ruido de los aviones ameniza las horas, así como el sonido de la caída o del correr del agua, que viene de la casa del vecino, de una fuente tal vez o de alguna cascada artificial. Lo de menos es saberlo. Todo es monótono, no existen relieves sentimentales. No hay cambio de nivel.
Música para bailar y canciones para llorar
El vallenato no difiere de la cumbia por cuestiones de ritmo sino de melodía. Mientras la cumbia ocasiona alegría, el vallenato genera nostalgia, dándose esto a un mismo compás. De hecho el vallenato viene de la cumbia; es cumbia colombiana, la cual incluye como particularidad el sonido del acordeón, de un acordeón de donde brotan nostálgicas melodías. Es cierto que, tal como se ha dicho, el estilo colombiano no se presta para bailar, pero no debido al ritmo que ofrece. El vallenato no es bailable porque a pesar de ofrecer un compás gracias al cual se pudiera bailar, es triste. Se bailan las piezas que ponen alegre (como las cumbias), más que las que entristecen. Claro que el tango no es precisamente alegre (aunque en algunos casos donde se escucha la voz de Gardel, sí), pero su dramatismo se presta para danzar. El vallenato puede bailarse, cómo no; sin embargo muchas veces es más grato solamente escucharlo, escucharlo solamente.
El vallenato no difiere de la cumbia por cuestiones de ritmo sino de melodía. Mientras la cumbia ocasiona alegría, el vallenato genera nostalgia, dándose esto a un mismo compás. De hecho el vallenato viene de la cumbia; es cumbia colombiana, la cual incluye como particularidad el sonido del acordeón, de un acordeón de donde brotan nostálgicas melodías. Es cierto que, tal como se ha dicho, el estilo colombiano no se presta para bailar, pero no debido al ritmo que ofrece. El vallenato no es bailable porque a pesar de ofrecer un compás gracias al cual se pudiera bailar, es triste. Se bailan las piezas que ponen alegre (como las cumbias), más que las que entristecen. Claro que el tango no es precisamente alegre (aunque en algunos casos donde se escucha la voz de Gardel, sí), pero su dramatismo se presta para danzar. El vallenato puede bailarse, cómo no; sin embargo muchas veces es más grato solamente escucharlo, escucharlo solamente.